No habla el espectralismo ni los precursores; no hablo de Scelsi, muerto hace años.
El oído es la disposición de dios a escuchar lo que producen sus manos y su mente.
Todas las palabras retumban, estallan en las ventanas, se reproducen en la garganta, fecundan en la lengua; es el orgasmo perfecto, la delicadeza ruda, la partitura literaria.
En este momento todos los sonidos son… palabras.
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